Origen

El alcohol: el cáncer social que aprendimos a celebrar
¿Qué pasaría si una de las mayores contradicciones de nuestra sociedad estuviera delante de nosotros, servida en una copa?
Hay sustancias que reconocemos inmediatamente como peligrosas.
Cuando escuchamos hablar de drogas, pensamos en dependencia, deterioro, intoxicación y consecuencias para la salud.
Pero existe una sustancia que ocupa un lugar diferente.
La ponemos en nuestras mesas.
La ofrecemos a nuestros invitados.
La regalamos.
La anunciamos.
Brindamos con ella en bodas, cumpleaños y celebraciones.
La asociamos con éxito, amistad, diversión, descanso, romance, deporte y libertad.
Esa sustancia es el alcohol.
Y precisamente ahí comienza una contradicción que vale la pena observar.
Una sustancia tóxica que aprendimos a celebrar
El alcohol no es simplemente una bebida.
Su componente activo es el etanol, una sustancia psicoactiva, tóxica y capaz de generar dependencia. La Organización Mundial de la Salud señala que el consumo de alcohol tiene un papel causal en más de 200 enfermedades, lesiones y otros problemas de salud.
Además, el alcohol está reconocido como carcinógeno.
Su consumo aumenta el riesgo de diferentes tipos de cáncer, entre ellos cáncer de mama, hígado, cabeza y cuello, esófago y colorrectal. La OMS señala que en 2019 aproximadamente 401.000 muertes por cáncer fueron atribuibles al alcohol.
Y, sin embargo, lo ponemos en una copa.
Le ponemos una etiqueta elegante.
Lo enfriamos.
Lo servimos.
Levantamos el vaso y decimos:
“¡Salud!”
Quizá esta sea una de las contradicciones culturales más interesantes de nuestro tiempo.
El alcohol no es solamente un problema individual
Cuando hablamos de alcohol, solemos reducir la conversación a una pregunta:
“¿Cuánto bebe esta persona?”
Pero existe otra pregunta que puede ser todavía más profunda:
“¿Qué relación tiene nuestra sociedad con el alcohol?”
Porque una persona puede consumir alcohol ocasionalmente sin desarrollar un trastorno por consumo.
Y reconocer los riesgos del alcohol tampoco significa etiquetar a toda persona que bebe como dependiente.
El problema que aquí queremos observar es otro:
la normalización cultural.
Hemos construido un entorno donde beber puede parecer prácticamente obligatorio en determinados momentos sociales.
¿Una boda?
Hay alcohol.
¿Una celebración?
Hay alcohol.
¿Una reunión de amigos?
Hay alcohol.
¿Una cena?
Hay alcohol.
¿Un partido?
Hay alcohol.
¿Un momento difícil?
También puede aparecer alcohol.
La sustancia cambia.
Pero el mensaje cultural puede ser el mismo:
“Esto te ayudará a disfrutar el momento.”
¿Cuándo empezamos a asociar diversión con intoxicación?
Desde pequeños aprendemos imágenes culturales.
Personas riendo alrededor de una mesa.
Amigos brindando.
Parejas celebrando.
Grupos bailando.
Una botella en el centro de la escena.
El alcohol aparece como parte del paisaje de la felicidad.
Y entonces podemos aprender una asociación sin darnos cuenta:
celebrar = beber.
socializar = beber.
relajarse = beber.
divertirse = beber.
olvidar = beber.
Pero podemos hacernos una pregunta:
¿En qué momento comenzamos a necesitar una sustancia para permitirnos sentir aquello que ya estaba dentro de nosotros?
El precio de la normalización
La OMS estima que en 2019 aproximadamente 2,6 millones de muertes fueron atribuibles al consumo de alcohol en el mundo, equivalentes al 4,7 % del total de muertes de ese año. La cifra incluye enfermedades, lesiones y otros daños relacionados con el consumo.
El impacto tampoco termina en quien bebe.
El alcohol puede estar relacionado con accidentes de tránsito, violencia interpersonal, problemas familiares, dificultades laborales y otros daños que afectan también a otras personas.
Esto cambia la conversación.
Ya no hablamos solamente de:
“Mi cuerpo, mi decisión.”
También podemos preguntarnos:
¿Qué consecuencias tiene una cultura que normaliza una sustancia que puede afectar a quien la consume y a quienes están a su alrededor?
El alcohol y el cáncer
Durante mucho tiempo, la relación entre alcohol y cáncer no tuvo la misma presencia en la conversación pública que la relación entre tabaco y cáncer.
Pero la evidencia es clara.
La OMS considera que el alcohol es un carcinógeno establecido y señala que el riesgo de cáncer aumenta con el consumo. Para el cáncer, no se ha establecido un nivel de consumo de alcohol que pueda considerarse completamente libre de riesgo.
La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer también señala una relación causal entre el consumo de alcohol y varios tipos de cáncer.
Esto no significa que cada persona que beba desarrollará cáncer.
Significa algo más preciso:
el alcohol aumenta el riesgo.
Y ese riesgo forma parte de una realidad que muchas veces queda escondida detrás de la imagen cultural de la celebración.
Una copa puede contener mucho más que una bebida
Tal vez por eso el problema del alcohol no puede analizarse únicamente desde la botella.
También debemos mirar el significado que le hemos dado.
Una copa puede representar celebración.
Pero también puede representar pertenencia.
Una persona puede beber porque todos beben.
Puede beber porque no quiere sentirse diferente.
Puede beber porque necesita relajarse.
Puede beber porque quiere olvidar.
Puede beber porque le cuesta hablar sin alcohol.
Puede beber porque cree que sin alcohol la fiesta será aburrida.
Y entonces aparece una pregunta diferente:
¿Estoy eligiendo beber o estoy obedeciendo una costumbre que nunca cuestioné?
Libertad no significa necesitar intoxicarse
Existe una paradoja interesante.
La publicidad puede asociar el alcohol con libertad.
Pero ¿qué ocurre cuando necesitamos una sustancia para sentirnos libres?
Si necesitamos beber para bailar, ¿qué dice eso de nuestra relación con nuestro propio cuerpo?
Si necesitamos beber para hablar con alguien, ¿qué dice eso de nuestra relación con la vulnerabilidad?
Si necesitamos beber para olvidar, ¿qué estamos intentando no sentir?
Si necesitamos beber para celebrar, ¿qué hemos olvidado sobre nuestra capacidad natural de celebrar?
Estas preguntas no buscan juzgar.
Buscan observar.
Porque la conciencia comienza muchas veces con una pregunta incómoda.
El alcohol como símbolo de una cultura que quiere escapar de sí misma
Aquí aparece una reflexión más profunda para el camino de El Retorno al Origen.
Quizá el alcohol pueda observarse también como un símbolo.
No porque todas las personas que beben estén huyendo de sí mismas.
Eso sería injusto y simplista.
Sino porque una cultura que necesita constantemente estímulos para desconectarse puede estar revelando algo sobre sí misma.
Vivimos rodeados de ruido.
Pantallas.
Información.
Publicidad.
Velocidad.
Opiniones.
Conflictos.
Presión.
Comparación.
Y, en medio de todo eso, aparecen diferentes formas de escape.
Algunas personas buscan entretenimiento.
Otras buscan consumo.
Otras buscan reconocimiento.
Otras buscan sustancias.
La pregunta común puede ser:
¿Qué estamos tratando de no sentir cuando necesitamos escapar constantemente de nuestra propia experiencia?
La conciencia no necesita desaparecer para disfrutar
Quizá hemos confundido diversión con pérdida de control.
Hemos confundido celebración con intoxicación.
Hemos confundido libertad con ausencia de límites.
Pero existe otra posibilidad.
Celebrar estando presentes.
Reír sin perder claridad.
Bailar sin necesitar estar intoxicados.
Conversar sin necesitar una sustancia que reduzca nuestras inhibiciones.
Compartir sin necesitar una copa para justificar la cercanía.
Sentir plenamente el momento.
Estar presentes.
Tal vez eso también sea libertad.
No se trata de juzgar a quien bebe
Una reflexión sobre el alcohol pierde profundidad cuando se convierte simplemente en un juicio hacia las personas.
No se trata de decir:
“Quien bebe está mal.”
Tampoco de afirmar que todas las personas que consumen alcohol tienen un problema.
La realidad es mucho más compleja.
Se trata de cuestionar una cultura.
Una cultura que durante décadas ha construido alrededor del alcohol una imagen de felicidad, éxito y pertenencia que puede ocultar sus riesgos.
Se trata de recuperar la capacidad de preguntarnos qué hábitos elegimos conscientemente y cuáles simplemente heredamos.
¿Quién nos enseñó que necesitábamos beber para celebrar?
Tal vez esta sea la pregunta central.
¿Quién nos enseñó que necesitábamos intoxicarnos para celebrar estar vivos?
¿Quién decidió que una fiesta necesitaba alcohol?
¿Quién decidió que una reunión debía comenzar con un brindis?
¿Quién nos convenció de que para relajarnos necesitábamos beber?
¿Quién convirtió una sustancia psicoactiva en un símbolo de éxito?
Y, sobre todo:
¿Qué ocurriría si recuperáramos la capacidad de celebrar sin necesitar escapar de nuestra conciencia?
Volver a estar presentes
El retorno al origen también puede ser un retorno a la presencia.
A sentir sin escapar.
A celebrar sin perder claridad.
A relacionarnos sin necesitar una sustancia para derribar nuestras barreras.
A descubrir que la alegría no tiene que venir necesariamente de algo que introducimos en nuestro cuerpo.
Puede surgir de una conversación.
De una amistad.
De la música.
Del movimiento.
De la naturaleza.
De una comida compartida.
De una carcajada.
De la intimidad.
De la gratitud.
De estar vivos.
Quizá no necesitamos una sustancia para celebrar la vida.
Quizá necesitamos volver a estar presentes en ella.
🌿 El viaje continúa
El alcohol puede ser una bebida.
Puede ser una costumbre.
Puede ser una forma de socialización.
Puede convertirse en una dependencia.
Y también puede ser una puerta para hacernos preguntas más profundas sobre nuestra relación con el placer, la pertenencia, el dolor y la conciencia.
La cuestión no es solamente:
“¿Por qué bebe la gente?”
Tal vez la pregunta sea:
“¿Qué hemos aprendido a necesitar para sentirnos vivos?”
Y todavía más profundo:
“¿Qué pasaría si descubriéramos que no necesitamos escapar de nuestra conciencia para disfrutar de estar aquí?”
El regreso al origen comienza cuando dejamos de buscar afuera aquello que, quizás, siempre estuvo esperando ser experimentado dentro.
La verdadera celebración podría ser esta: estar presentes para nuestra propia vida.



